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Al señor cardenal
EDWARD IDRIS CASSIDY
En numerosas ocasiones, durante mi pontificado, he recordado
con profundo pesar los sufrimientos del pueblo judío a
lo largo de la segunda guerra mundial. El crimen conocido como
la Shoah sigue siendo una mancha imborrable en la historia del
siglo que está a punto de concluir.
Al prepararnos para comenzar el tercer milenio de la era cristiana,
la Iglesia es consciente de que la alegría de un jubileo
es, sobre todo, una alegría fundada en el perdón
de los pecados y en la reconciliación con Dios y con el
prójimo. Por eso, estimula a sus hijos e hijas a purificar
su corazón mediante el arrepentimiento de los errores y
las infidelidades del pasado. Los invita a ponerse humildemente
delante de Dios y a examinar la responsabilidad que también
ellos tienen por los males de nuestro tiempo.
Abrigo la ardiente esperanza de que el documento «Nosotros
recordamos: una reflexión sobre la Shoah», que la
Comisión para las relaciones religiosas con el judaísmo
ha preparado bajo su dirección, contribuya verdaderamente
a curar las heridas de las incomprensiones e injusticias del pasado.
Ojalá que permita a la memoria cumplir su papel necesario
en el proceso de construcción de un futuro en el que la
inefable iniquidad de la Shoah no vuelva a ser nunca posible.
Que el Señor de la historia guíe los esfuerzos de
los católicos y los judíos, así como los
de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para que trabajen
juntos por un mundo donde se respeten de verdad la vida y la dignidad
de cada ser humano, dado que todos han sido creados a imagen y
semejanza de Dios.
Vaticano, 12 de marzo de 1998
IOANNES PAULUS II
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COMISIÓN PARA LAS RELACIONES RELIGIOSAS
CON EL JUDAÍSMO
«NOSOTROS RECORDAMOS: UNA REFLEXIÓN
SOBRE LA SHOAH»
I. La tragedia de la «Shoah» y el deber de
la memoria
Se está concluyendo rápidamente el siglo XX y ya
despunta la aurora de un nuevo milenio cristiano. El bimilenario
del nacimiento de Jesucristo impulsa a todos los cristianos, e
invita en realidad a todo hombre y a toda mujer, a tratar de descubrir
en el devenir de la historia los signos de la divina Providencia
que actúa en ella, así como los modos en los que
la imagen del Creador en el hombre ha sido ofendida y desfigurada.
Esta reflexión atañe a uno de los sectores principales
en que los católicos pueden tomar seriamente en consideración
la exhortación que dirigió Juan Pablo II en la carta
apostólica Tertio millennio adveniente: «Es justo
que, mientras el segundo milenio del cristianismo llega a su fin,
la Iglesia asuma con una conciencia más viva el pecado
de sus hijos, recordando todas las circunstancias en las que,
a lo largo de la historia, se han alejado del espíritu
de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio
de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo
de modos de pensar y actuar que eran verdaderas formas de antitestimonio
y de escándalo»[1].
Este siglo ha sido testigo de una tragedia inefable, que nunca
se podrá olvidar: el intento del régimen nazi de
exterminar al pueblo judío, con el consiguiente asesinato
de millones de judíos. Hombres y mujeres, ancianos y jóvenes,
niños e infantes, sólo por su origen judío,
fueron perseguidos y deportados. Algunos fueron asesinados inmediatamente;
otros fueron humillados, maltratados, torturados y privados completamente
de su dignidad humana y, finalmente, asesinados. Poquísimos
de los que fueron internados en los campos de concentración
pudieron sobrevivir, y los que lo lograron han quedado aterrorizados
para el resto de su vida. Esa fue la Shoah: uno de los principales
dramas de la historia de este siglo, un drama que nos afecta todavía
hoy.
Frente a ese terrible genocidio, que los responsables de las
naciones y las mismas comunidades judías encontraron difícil
de creer cuando era cruelmente perpetrado, nadie puede quedar
indiferente, y mucho menos la Iglesia, por sus vínculos
tan estrechos de parentesco espiritual con el pueblo judío
y por su recuerdo de las injusticias del pasado. La relación
de la Iglesia con el pueblo judío es diferente de la que
mantiene con cualquier otra religión[2]. Sin embargo, no
se trata sólo de volver al pasado. El futuro común
de judíos y cristianos exige que recordemos, porque «no
hay futuro sin memoria»[3]. La historia misma es memoria
futuri.
Al dirigir esta reflexión a nuestros hermanos y hermanas
de la Iglesia católica esparcidos por el mundo, pedimos
a todos los cristianos que se unan a nosotros para reflexionar
en la catástrofe que se abatió sobre el pueblo judío,
y en el imperativo moral de asegurar que nunca más el egoísmo
y el odio puedan crecer hasta el punto de sembrar tal sufrimiento
y muerte[4]. Especialmente, pedimos a nuestros amigos judíos,
«cuyo terrible destino se ha convertido en símbolo
de las aberraciones adonde puede llegar el hombre cuando se vuelve
contra Dios»[5], que dispongan su corazón para escucharnos.
II. Lo que debemos recordar
El pueblo judío, al dar su singular testimonio del Santo
de Israel y de la Torah, ha tenido que sufrir mucho en diversos
tiempos y en numerosos lugares. Pero la Shoah fue, ciertamente,
el peor sufrimiento de todos. La crueldad con que los judíos
han sido perseguidos y asesinados en este siglo supera la capacidad
de expresión de las palabras. Y todo ello se les hizo por
el mero hecho de que eran judíos.
La misma magnitud del crimen suscita muchas preguntas. Historiadores,
sociólogos, filósofos políticos, psicólogos
y teólogos tratan de conocer más sobre la realidad
y las causas de la Shoah. Quedan aún por hacer muchos estudios
especializados. Pero ese acontecimiento no puede valorarse plenamente
sólo con los criterios ordinarios de la investigación
histórica, pues exige una «memoria moral y religiosa
» y, especialmente entre los cristianos, una reflexión
muy seria sobre las causas que lo provocaron.
El hecho de que la Shoah se haya producido en Europa, es decir,
en países de una civilización cristiana de largo
tiempo, plantea la cuestión de la relación entre
la persecución nazi y las actitudes de los cristianos,
a lo largo de los siglos, con respecto a los judíos.
III. Las relaciones entre judíos y cristianos
La historia de las relaciones entre judíos y cristianos
es una historia tormentosa. Lo ha reconocido el Santo Padre Juan
Pablo II en sus repetidos llamamientos a los católicos
a examinar nuestra actitud en lo que atañe a nuestras relaciones
con el pueblo judío[6]. En efecto, el balance de estas
relaciones durante dos milenios ha sido, más bien, negativo[7].
En los albores del cristianismo, después de la crucifixión
de Jesús, surgieron disputas entre la Iglesia primitiva
y los judíos, jefes y pueblo, los cuales, por su adhesión
a la Ley, a veces se opusieron violentamente a los predicadores
del Evangelio y a los primeros cristianos. En el Imperio romano,
que era pagano, los judíos estaban legalmente protegidos
por los privilegios otorgados por el Emperador, y las autoridades
al principio no hicieron distinción entre comunidades judías
y cristianas. Sin embargo, pronto los cristianos fueron perseguidos
por el Estado. Cuando, más tarde, incluso los emperadores
se convirtieron al cristianismo, primero siguieron garantizando
los privilegios de los judíos. Pero grupos de cristianos
exaltados que asaltaban los templos paganos, hicieron en algunos
casos lo mismo con las sinagogas, por influjo de ciertas interpretaciones
erróneas del Nuevo Testamento relativas al pueblo judío
en su conjunto. «En el mundo cristiano —no digo de
parte de la Iglesia en cuanto tal— algunas interpretaciones
erróneas e injustas del Nuevo Testamento con respecto al
pueblo judío y a su supuesta culpabilidad han circulado
durante demasiado tiempo, dando lugar a sentimientos de hostilidad
en relación con ese pueblo»[8]. Esas interpretaciones
del Nuevo Testamento fueron rechazadas, de forma total y definitiva,
por el concilio Vaticano II[9].
No obstante la predicación cristiana del amor hacia todos,
incluidos los enemigos, la mentalidad dominante a lo largo de
los siglos perjudicó a las minorías y a los que,
de algún modo, eran «diferentes». Sentimientos
de antijudaísmo en algunos ambientes cristianos y la brecha
existente entre la Iglesia y el pueblo judío llevaron a
una discriminación generalizada, que desembocó a
veces en expulsiones o en intentos de conversiones forzadas. En
gran parte del mundo «cristiano», hasta finales del
siglo XVIII, los no cristianos no siempre gozaron de un status
jurídico plenamente reconocido. A pesar de ello, los judíos,
extendidos por todo el mundo cristiano, conservaron sus tradiciones
religiosas y sus costumbres propias. Por eso, fueron objeto de
sospecha y desconfianza. En tiempos de crisis, como carestías,
guerras, epidemias o tensiones sociales, la minoría judía
fue a veces tomada como chivo expiatorio, y se convirtió
así en víctima de violencia, saqueos e incluso matanzas.
Entre el final del siglo XVIII y el inicio del XIX, los judíos
habían logrado, por lo general, una posición de
igualdad con respecto a los demás ciudadanos en la mayoría
de los Estados, y un buen número de ellos llegó
a desempeñar funciones importantes en la sociedad. Pero
en este mismo contexto histórico, especialmente en el siglo
XIX, se desarrolló un nacionalismo exasperado y falso.
En un clima de rápidos cambios sociales, los judíos
fueron a menudo acusados de ejercer un influjo excesivo en relación
con su número. Entonces comenzó a difundirse, con
grados diversos, en la mayor parte de Europa, un antijudaísmo
esencialmente más sociopolítico que religioso.
Durante el mismo período, comenzaron a surgir teorías
que negaban la unidad de la raza humana, afirmando la diferencia
originaria de las razas. En el siglo XX, el nacionalsocialismo
en Alemania usó esas ideas como base pseudocientífica
para una distinción entre las así llamadas razas
nórdico-arias y supuestas razas inferiores. Además,
la derrota de Alemania en 1918 y las condiciones humillantes que
le impusieron los vencedores, impulsaron en ella una forma extremista
de nacionalismo, con la consecuencia de que muchos vieron en el
nacionalsocialismo una solución a los problemas del país
y, por ello, colaboraron políticamente con ese movimiento.
La Iglesia en Alemania respondió condenando el racismo.
Dicha condena se realizó por primera vez en la predicación
de algunos miembros del clero, en la enseñanza pública
de los obispos católicos y en los escritos de periodistas
católicos. Ya en febrero y marzo de 1931, el cardenal Bertram
de Breslavia, el cardenal Faulhaber y los obispos de Baviera,
los obispos de la provincia de Colonia y los de la provincia de
Friburgo publicaron sendas cartas pastorales que condenaban el
nacionalsocialismo, con su idolatría de la raza y del Estado[10].
El mismo año 1933, en que el nacionalsocialismo alcanzó
el poder, los famosos sermones de Adviento del cardenal Faulhaber,
a los que no sólo asistieron católicos, sino también
protestantes y judíos, tuvieron expresiones de claro rechazo
de la propaganda nazi antisemita[11]. A raíz de la Noche
de los cristales, Bernhard Lichtenberg, preboste de la catedral
de Berlín, elevó oraciones públicas por los
judíos; él mismo murió luego en Dachau y
fue declarado beato.
También el Papa Pío XI condenó, de modo
solemne, el racismo nazi en la encíclica Mit brennender
Sorge[12], que se leyó en las iglesias de Alemania el domingo
de Pasión del año 1937, iniciativa que provocó
ataques y sanciones contra miembros del clero. El 6 de septiembre
de 1938, dirigiéndose a un grupo de peregrinos belgas,
Pío XI afirmó: «El antisemitismo es inaceptable.
Espiritualmente todos somos semitas »[13]. Pío XII,
desde su primera encíclica, Summi pontificatus[14], del
20 de octubre de 1939, puso en guardia contra las teorías
que negaban la unidad de la raza humana y contra la divinización
del Estado, que, según su previsión, llevarían
a una verdadera «hora de las tinieblas»[15].
IV. Antisemitismo nazi y la «Shoah»
No se puede ignorar la diferencia que existe entre el antisemitismo,
basado en teorías contrarias a la enseñanza constante
de la Iglesia sobre la unidad del género humano y la igual
dignidad de todas las razas y de todos los pueblos, y los sentimientos
de sospecha y de hostilidad existentes desde siglos, que llamamos
antijudaísmo, de los cuales, por desgracia, también
son culpables los cristianos.
La ideología nacionalsocialista fue mucho más allá,
en el sentido de que se negó a reconocer cualquier realidad
trascendente como fuente de la vida y criterio del bien moral.
En consecuencia, un grupo humano, y el Estado con el que se había
identificado, se arrogó un valor absoluto y decidió
borrar la existencia misma del pueblo judío, llamado a
dar testimonio del único Dios y de la Ley de la Alianza.
Desde el punto de vista teológico, no podemos ignorar el
hecho de que no pocos afiliados al partido nazi no sólo
mostraron aversión a la idea de una divina Providencia
que actúa en la historia humana, sino que dieron prueba
de un odio específico hacia Dios mismo. Lógicamente,
esa actitud llevó también al rechazo del cristianismo
y al deseo de ver destruida la Iglesia o, por lo menos, sometida
a los intereses del Estado nazi.
Fue esa ideología extrema la que se convirtió en
fundamento de las medidas tomadas, primero para expulsar a los
judíos de sus casas y, luego, para exterminarlos. La Shoah
fue obra de un típico régimen neopagano moderno.
Su antisemitismo hundía sus raíces fuera del cristianismo
y, al tratar de conseguir sus propios fines, no dudó en
oponerse a la Iglesia, incluso persiguiendo a sus miembros.
Pero conviene preguntarse si la persecución del nazismo
con respecto a los judíos no fue facilitada por los prejuicios
antijudíos presentes en la mente y en el corazón
de algunos cristianos. El sentimiento antijudío ¿hizo
a los cristianos menos sensibles, o incluso indiferentes, ante
las persecuciones desencadenadas contra los judíos por
el nacionalsocialismo, cuando alcanzó el poder?
Cualquier respuesta a esta pregunta debe tener en cuenta que
estamos tratando de la historia de actitudes y modos de pensar
de gente sujeta a múltiples influjos. Más aún,
muchos desconocían totalmente la «solución
final» que estaba a punto de aplicarse contra todo un pueblo;
otros tuvieron miedo por sí mismos y por sus seres queridos;
algunos se aprovecharon de la situación; otros, por último,
actuaron por envidia. La respuesta se ha de dar caso por caso
y, para hacerlo, es necesario conocer cuáles fueron las
motivaciones precisas de las personas en su situación específica.
Al inicio, los jefes del Tercer Reich querían expulsar
a los judíos. Por desgracia, los Gobiernos de varios países
occidentales de tradición cristiana, incluidos algunos
de América del norte y del sur, dudaron mucho en abrir
sus fronteras a los judíos perseguidos. Aunque no podían
prever cuán lejos iban a llegar los líderes nazis
en sus intenciones criminales, las autoridades de esas naciones
conocían bien las dificultades y los peligros a que se
hallaban expuestos los judíos que vivían en los
territorios del Tercer Reich. En esas circunstancias, el cierre
de las fronteras a la inmigración judía, sea que
se debiera a la hostilidad o sospecha antijudía, o a cobardía
y falta de clarividencia política, o a egoísmo nacional,
constituye un grave peso de conciencia para dichas autoridades.
En los territorios donde el nazismo practicó la deportación
de masas, la brutalidad que acompañó esos movimientos
forzados de gente inerme debería haber llevado a sospechar
lo peor. ¿Ofrecieron los cristianos toda asistencia posible
a los perseguidos, y en particular a los judíos?
Muchos lo hicieron, pero otros no. No se debe olvidar a los que
ayudaron a salvar al mayor número de judíos que
les fue posible, hasta el punto de poner en peligro su vida. Durante
la guerra, y también después, comunidades y personalidades
judías expresaron su gratitud por lo que habían
hecho en favor de ellos, incluso por lo que había hecho
el Papa Pío XII, personalmente o a través de sus
representantes, para salvar la vida a cientos de miles de judíos[16].
Por esa razón, muchos obispos, sacerdotes, religiosos y
laicos fueron condecorados por el Estado de Israel.
A pesar de ello, como ha reconocido el Papa Juan Pablo II, al
lado de esos valerosos hombres y mujeres, la resistencia espiritual
y la acción concreta de otros cristianos no fueron las
que se podía esperar de unos discípulos de Cristo.
No podemos saber cuántos cristianos en países ocupados
o gobernados por potencias nazis o por sus aliados constataron
con horror la desaparición de sus vecinos judíos,
pero no tuvieron la fuerza suficiente para elevar su voz de protesta.
Para los cristianos este grave peso de conciencia de sus hermanos
y hermanas durante la segunda guerra mundial debe ser una llamada
al arrepentimiento[17].
Deploramos profundamente los errores y las culpas de esos hijos
e hijas de la Iglesia. Hacemos nuestro lo que dijo el concilio
Vaticano II en la declaración Nostra aetate, que afirma
inequívocamente: «La Iglesia (...) recordando el
patrimonio común con los judíos e impulsada no por
razones políticas, sino por la religiosa caridad evangélica,
deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo
de que han sido objeto los judíos de cualquier tiempo y
por parte de cualquier persona»[18].
Recordamos y hacemos nuestro lo que afirmó el Papa Juan
Pablo II, al dirigirse a los jefes de la comunidad judía
de Estrasburgo en 1988: «Repito de nuevo, junto con vosotros,
la más firme condena de todo antisemitismo y de todo racismo,
opuestos a los principios del cristianismo»[19]. La Iglesia
católica repudia, por consiguiente, toda persecución,
en cualquier lugar y tiempo, perpetrada contra un pueblo o un
grupo humano. Condena del modo más firme todas las formas
de genocidio, así como las ideologías racistas que
los han hecho posibles. Dirigiendo la mirada a este siglo, nos
entristece profundamente la violencia que ha afectado a grupos
enteros de pueblos y naciones. Recordamos, en particular, la matanza
de los armenios, las innumerables víctimas en Ucrania durante
la década de 1930, el genocidio de los gitanos, también
fruto de ideas racistas, y tragedias semejantes ocurridas en América,
en África y en los Balcanes. No olvidamos los millones
de víctimas de la ideología totalitaria en la Unión
Soviética, en China, en Camboya y en otros lugares. Y tampoco
podemos olvidar el drama de Oriente Medio, cuyos aspectos son
muy conocidos. Incluso mientras hacemos esta reflexión,
«demasiados hombres son todavía víctimas de
sus hermanos»[20].
V. Mirando juntos hacia un futuro común
Mirando hacia el futuro de las relaciones entre judíos
y cristianos, en primer lugar pedimos a nuestros hermanos y hermanas
católicos que tomen mayor conciencia de las raíces
judías de su fe. Les pedimos que recuerden que Jesús
era un descendiente de David; que del pueblo judío nacieron
la Virgen María y los Apóstoles; que la Iglesia
se alimenta de las raíces de aquel buen olivo en el que
se injertaron luego las ramas del olivo silvestre de los gentiles
(cf. Rm 11, 17-24); que los judíos son nuestros hermanos
queridos y amados; y que, en cierto sentido, son realmente «nuestros
hermanos mayores»[21].
Al final de este milenio, la Iglesia católica desea expresar
su profundo pesar por las faltas de sus hijos e hijas en las diversas
épocas. Se trata de un acto de arrepentimiento (teshuva),
pues, como miembros de la Iglesia, compartimos tanto los pecados
como los méritos de todos sus hijos. La Iglesia se acerca
con profundo respeto y gran compasión a la experiencia
del exterminio, la Shoah, que sufrió el pueblo judío
durante la segunda guerra mundial. No se trata de meras palabras,
sino de un compromiso vinculante. «Nos arriesgaríamos
a hacer morir nuevamente a las víctimas de muertes atroces,
si no sintiéramos pasión por la justicia y no nos
comprometiéramos, cada uno según sus propias posibilidades,
a lograr que el mal no prevalezca sobre el bien, como sucedió
a millones de hijos del pueblo judío... La humanidad no
puede permitir que todo eso suceda nuevamente»[22].
Pedimos a Dios que nuestro dolor por la tragedia que el pueblo
judío ha sufrido en nuestro siglo lleve a nuevas relaciones
con el pueblo judío. Deseamos transformar la conciencia
de los pecados del pasado en un firme compromiso de construir
un nuevo futuro, en el que no existan ya sentimientos antijudíos
entre los cristianos o sentimientos anticristianos entre los judíos,
sino más bien un respeto recíproco, como conviene
a quienes adoran al único Creador y Señor, y tienen
un padre común en la fe, Abraham. Invitamos, por último,
a todos los hombres y mujeres de buena voluntad a reflexionar
profundamente en el significado de la Shoah. Las víctimas,
desde sus tumbas, y los supervivientes mediante su emotivo testimonio
de lo que sufrieron, se han convertido en un fuerte clamor que
llama la atención de la humanidad entera. Recordar ese
terrible drama significa tomar plena conciencia de la saludable
advertencia que implica: a las semillas podridas del antijudaísmo
y del antisemitismo jamás se les debe permitir echar raíces
en ningún corazón humano.
16 de marzo de 1998
Cardenal Edward IDRIS CASSIDY
Presidente
Pierre DUPREY, m.afr.
Obispo titular de Thibaris
Vicepresidente
Remi HOECKMAN, o.p.
Secretario
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NOTAS
[1] Tertio millennio adveniente (10 de noviembre de 1994),33:AAS
87 (1995)25.
[2] Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la comunidad judía en
la sinagoga de Roma (13 de abril de 1986), n. 4: AAS 78 (1986)
1.120; L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
20 de abril de 1986, p. 12.
[3] JUAN PABLO II, Ángelus del 11 de junio de 1995, n.
2: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
16 de junio de 1995, p. 1.
[4] Cf. JUAN PABLO II, Discurso a la comunidad judía de
Budapest (18 de agosto de 1991), n. 4: L'Osservatore Romano, edición
en lengua española, 30 de agosto de 1991, p. 10.
[5] JUAN PABLO II, Centesimus annus (1 de mayo de 1991), 17:
AAS 83 (1991) 814-815.
[6] Cf. JUAN PABLO II, Discurso a los delegados de las Conferencias
episcopales para las relaciones con el judaísmo (5 de marzo
de 1982): L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
11 de abril de 1982, p. 11.
[7] Cf. COMISIÓN DE LA SANTA SEDE PARA LAS RELACIONES
RELIGIOSAS CON EL JUDAÍSMO, Notas para una correcta presentación
de judíos y judaísmo en la predicación y
la catequesis de la Iglesia católica (24 de junio de 1985),
VI: L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
15 de septiembre de1985, p.18.
[8] JUAN PABLO II, Discurso a los participantes en el encuentro
de estudio sobre «Raíces del antijudaísmo
en ambiente cristiano» (31 de octubre de 1997), n. 1: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 7 de noviembre
de 1997, p. 5.
[9] Cf. Nostra aetate, 4.
[10] Cf. B. STATIEWSKI (Ed.), Akten deutscher Bischöfe über
die Lage der Kirche, 1933-1945, vol. I, 1933-1934 (Mainz 1968),
Apéndice.
[11] Cf. L. VOLK, Der Bayerische Episkopat und der Nationalsozialismus
1930-1934 (Mainz 1966), pp. 170-174.
[12] La encíclica está fechada el 14 de marzo de
1937: AAS 29 (1937) 145-167.
[13] La Documentation Catholique, 29 (1938), col. 1.460.
[14] AAS 31 (1939) 413-453.
[15] Ib., 449.
[16] Organizaciones y personalidades judías representativas
reconocieron varias veces oficialmente la sabiduría de
la diplomacia del Papa Pío XII. Por ejemplo, el jueves
7 de septiembre de 1945 Giuseppe Nathan, comisario de la Unión
de comunidades judías italianas, declaró: «Ante
todo, dirigimos un reverente homenaje de gratitud al Sumo Pontífice
y a los religiosos y religiosas que, siguiendo las directrices
del Santo Padre, vieron en los perseguidos a hermanos, y con valentía
y abnegación nos prestaron su ayuda inteligente y concreta,
sin preocuparse por los gravísimos peligros a los que se
exponían» (L'Osservatore Romano, 8 de septiembre
de 1945, p. 2). El 21 de septiembre del mismo año, Pío
XII recibió en audiencia al doctor A. Leo Kubowitzki, secretario
general del Congreso judío internacional, que acudió
para presentar «al Santo Padre, en nombre de la Unión
de las comunidades judías, su más viva gratitud
por los esfuerzos de la Iglesia católica en favor de la
población judía en toda Europa durante la guerra»
(L'Osservatore Romano, 23 de septiembre de 1945, p. 1). El jueves
29 de noviembre de 1945, el Papa recibió a cerca de ochenta
delegados de prófugos judíos, procedentes de varios
campos de concentración en Alemania, que acudieron a manifestarle
«el sumo honor de poder agradecer personalmente al Santo
Padre la generosidad demostrada hacia los perseguidos durante
el terrible período del nazi-fascismo» (L'Osservatore
Romano, 30 de noviembre de 1945, p. 1). En 1958, al morir el Papa
Pío XII, Golda Meir envió un elocuente mensaje:
«Compartimos el dolor de la humanidad (...). Cuando el terrible
martirio se abatió sobre nuestro pueblo, la voz del Papa
se elevó en favor de sus víctimas. La vida de nuestro
tiempo se enriqueció con una voz que habló claramente
sobre las grandes verdades morales por encima del tumulto del
conflicto diario. Lloramos la muerte de un gran servidor de la
paz».
[17] Cf. JUAN PABLO II, Discurso al nuevo embajador de la República
federal de Alemania (8 de noviembre de 1990), n. 2: AAS 83 (1991)
587-588; L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
7 de diciembre de 1990, p. 20.
[18]Nostra aetate, 4.
[19] JUAN PABLO II, Discurso a los representantes de la comunidad
judía de Alsacia (9 de octubre de 1988), n. 8: L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 20de noviembre
de1988, p. 19.
[20] JUAN PABLO II, Discurso a los miembros del Cuerpo diplomático
(15 de enero de 1994), n. 9: AAS 86 (1994) 816; L'Osservatore
Romano, edición en lengua española, 21 de enero
de1994, p. 19.
[21] JUAN PABLO II, Discurso a la comunidad judía en la
sinagoga de Roma (13 de abril de 1986), n. 4: AAS 78 (1986) 1.120;
L'Osservatore Romano, edición en lengua española,
20 de abril de 1986, p. 12.
[22] JUAN PABLO II, Discurso con motivo de la conmemoración
del Holocausto (7 de abril de 1994), n. 3: L'Osservatore Romano,
edición en lengua española, 22 de abril de 1994,
p. 15.
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