OMELIA DELL’EM.MO
CARD. JOSÉ SARAIVA MARTINS
1. "Il più grande tra voi sia vostro
servo; chi s’innalzerà sarà abbassato e chi
si abbasserà sarà innalzato" (Mt.23,12).
Nella conclusione del discorso di Gesù or ora ascoltato,
possiamo trovare il senso della pagina evangelica e forse anche
di tutta la Liturgia della Parola di questa domenica.
Il capitolo 23 di Matteo registra una serie di invettive contro
scribi e farisei, così forti da suscitare stupore, se non
addirittura sconcerto, in bocca all’unico Maestro, Cristo,
mite e umile di cuore.
In ogni caso Gesù, più che prendersela con delle
singole persone, intende colpire il fariseismo come malattia dello
spirito, che può aggredire uomini e istituzioni, in tutti
i tempi.
Al quadro negativo di una religiosità vuota, formalista,
caratterizzata da un legalismo crudele, dominata da uomini avidi
di potere, di onori e successi, Gesù contrappone la visione
di una comunità radicalmente differente. Il quadro che
Gesù presenta è quello di una comunità in
cui la grandezza è proporzionata all’umiltà
e dove si va avanti, si "fa carriera", per così
dire, grazie agli scatti di carità. Alla luce di quanto
Gesù ci insegna, possiamo ben comprendere quale arduo,
impegnativo cammino debbano percorrere i discepoli di Cristo,
compresi coloro che oggi vengono iscritti nell’albo dei
Beati.
Gesù aveva davanti agli occhi lo spettacolo degli scribi
e dei farisei: costoro erano specializzati nelle Sacre Scritture
e frequentavano il Tempio con assiduità, ma il loro cuore
era freddo, gelido, non trasformato dall’incontro con Dio.
In una parola: erano falsi! Per questo Gesù li rimprovera
severamente, contestando loro anche il fatto che fossero molto
severi con gli altri, ma nei confronti di se stessi, invece, usassero
ogni benevola attenzione: "Legano pesanti fardelli e li impongono
sulle spalle della gente, ma loro non vogliono muoverli neppure
con un dito." (Mt.23,4).
I santi, invece, fanno tutto il contrario: sono esigenti con se
stessi, ma comprensivi e pazienti con gli altri, cercando di perdonare
sempre.
E’ precisamente quanto si riscontra nella vita dei Beati
José Tapies Sirvant e VI compagni martiri e della Beata
Maria degli Angeli Ginard Martì che si sono fatti servitori
umili e industriosi del loro prossimo, portando su se stessi i
pesi degli altri.
2. El profeta Malaquías, en la primera lectura, presenta
al Señor como el gran Rey que ha establecido una alianza
con los sacerdotes, ministros suyos, los cuales, sin embargo,
le han traicionado (Ml 2,4. 2,8) Los siete mártires sacerdotes
de la diócesis de Urgell, José Tapies Sirvant, Pascual
Araguás, Silestre Arnau Pascuet, José Boher Foix,
Francisco Castells Brenuy, Pedro Martret Moles y José Juan
Perot Juanmartí, que hoy son declarados beatos, no sólo
no han traicionado al Señor sino que, al contrario, durante
su vida han difundido sin descanso el Reino de Dios. Desempeñaron
el ministerio de párrocos o sacerdotes dedicados a la pastoral
en la parroquia de Pobla de Segur y lugares vecinos, entregándose
por completo a la tarea de evangelización y procurando
celosamente la santificación de las personas que se les
habían encomendado. Supieron coronar su fidelidad a Jesucristo,
hasta derramar por Él su sangre, cuando, aquel 14 de agosto
de 1936, en la hora suprema, en fila ante el pelotón de
ejecución, todos a una aclamaron a Dios con el grito de
¡Viva Cristo Rey!
Pocos días después, también Sor Ángela
María de los Ángeles Ginard Martí, de la
Congregación de Religiosas Celadoras del Culto Eucarístico,
puso el remate a su consagración a Jesucristo ofreciendo
su vida, segada por las balas, en la Dehesa de la Villa, cerca
de Madrid. La beata María de los Ángeles fue una
religiosa ejemplar, destacando entre sus muchas virtudes el amor
a la Santísima Eucaristía y al Rosario, así
como su particular devoción a los primeros cristianos,
cuyo martirio veneraba.
En la segunda lectura de esta Santa Misa, escribe San Pablo Apóstol
a los tesalonicenses: «Nos comportamos con dulzura entre
vosotros, como una madre que da alimento y calor a sus hijos»
(1 Ts 2,7). Estas palabras bien pueden aplicarse a la actitud
llena de caridad de la nueva beata para con el prójimo,
comenzando por sus hermanas religiosas y por los pobres, hacia
los que sentía una predilección verdaderamente evangélica.
3. En la Exhortación Apostólica post-sinodal Ecclesia
in Europa, del 8 de junio de 2003, el Papa Juan Pablo II, a quien
recordamos con afecto y veneración, propuso a todos, «para
que nunca se olvide», la gran señal de esperanza
constituida por innumerables testigos de la fe cristiana, tanto
de Oriente como de Occidente, que «han sabido hacer suyo
el Evangelio en situaciones de hostilidad y de persecución,
muchas veces hasta la prueba suprema del derramamiento de su sangre»
(n. 13).
La Iglesia responde hoy a esa invitación de no olvidar
nunca a los testigos de la fe cristiana –los mártires,
especialmente los del pasado siglo– proponiendo el ejemplo
de personas como José Tapies Sirvant y sus seis compañeros,
sacerdotes seculares, y de María de los Ángeles
Ginard Martí, religiosa, colocándoles en el candelero,
para que den luz a toda la casa (cfr. Mt 5,15).
El siglo XX ha sido definido el siglo del martirio, (cfr Andrea
Riccardi, Il secolo del martirio, ed A. Mondadori, Milano 2000)
como puede comprobarse por la historia. No obstante su barbarie
y virulencia, la persecución violenta que se desencadenó
en España, orientada a destruir la Iglesia, fue sólo
un episodio, ciertamente feroz, de aquella que el libro bíblico
del Apocalipsis llama la gran tribulación (Ap 7,14), sobre
la cual Juan Pablo II escribió: «Al finalizar el
segundo milenio, la Iglesia vuelve a ser otra vez la Iglesia de
los mártires» (Carta Apostólica Tertio Millennio
adveniente, 43). En verdad, la gran tribulación de la Iglesia
en el siglo XX, que ha producido un número incalculable
de víctimas –la mayor parte desaparecidos sin dejar
rastro– nos ha legado también tantos nombres que
la Iglesia, con solicitud materna, eleva a los altares.
Hemos de tener presente que no se trata sólo de mantener
viva en la Iglesia la memoria de los mártires; se trata
sobre todo de comprender y poner en su justa luz el sentido del
martirio cristiano, que es, por encima de cualquier otra consideración,
el signo más auténtico de que la Iglesia es la Iglesia
de Jesucristo, es la Iglesia que Él ha querido y fundado
y en la cual Él está presente.
Por desgracia, en el seno de la Iglesia, que está constituida
por hombres, no faltan los pecadores, sobre todo cuando no se
vive el precepto de la caridad, que es esencial y es el primero
para un cristiano. De este modo se produce un antitestimonio de
Jesucristo. La muchedumbre inmensa de los mártires testifica
con su sangre la fidelidad de la Iglesia a Jesucristo, porque,
porque, aunque haya en ella pecadores, es a la vez una Iglesia
de mártires, es decir de cristianos auténticos,
que han practicado su fe en Cristo y su caridad hacia los hermanos,
incluidos los enemigos, hasta el sacrificio, no sólo de
su vida, sino también con frecuencia de su honra, habiendo
tenido que soportar humillaciones tremendas, entre otras la de
ser tachados de traidores y farsantes.
El martirio cristiano proclama con claridad que Dios, la persona
de Jesucristo, la fe en Él y la fidelidad al Evangelio
son los valores más altos de la vida humana, hasta el punto
de que por ellos se debe sacrificar la vida misma.
Los mártires no dudaron en dar su vida por la fe en momentos
de persecución sangrienta. ¿Qué mensaje transmiten
a los cristianos de hoy, en nuestra existencia diaria? Nos recuerdan
que hemos de vivir a fondo nuestra fe, no sólo en lo personal
y privado, sino también en nuestra actuación responsable
en la sociedad, en la que nos incumbe el deber de promover y tutelar
eficazmente aquellos valores que están en la raíz
misma de una convivencia basada en la justicia, como son la vida,
la familia y el derecho irrenunciable de los padres a la educación
de los hijos.
4. Quando i martiri sono persone povere e umili, che hanno speso
la vita in opere di carità e che soffrono e muoiono perdonando
i loro carnefici, si è allora di fronte a una realtà
che supera il livello umano e costringe a capire che solo Dio
può concedere la grazia e la forza del martirio. Così
il martirio cristiano è un segno, quanto mai eloquente,
della presenza e dell’azione di Dio nella storia umana.
Sant’Agostino diceva: "Non vincit nisi veritas"
(vince solo la verità). Non dunque l’uomo sull’uomo,
neanche i persecutori sulle loro vittime, nonostante l’apparenza.
Nel caso dei martiri cristiani, come i novelli beati di oggi,
è la verità, alla fine, che prevale sull’errore,
perché concludeva il santo dottore d’Ippona: "Victoria
veritatis est caritas", ovvero la vittoria della verità
è la carità (Sermone 358,11).
Carissimi Fratelli e Sorelle, il nostro mondo contemporaneo ha
più che mai bisogno di comprendere la grande lezione di
questi testimoni visibili dell’amore cristiano, perché
solo l’amore è credibile.
Per dei "poveri cristiani" quali, in fondo, siamo tutti
noi, i martiri sono uno stimolo a vivere il Vangelo seriamente
e integralmente, affrontando con coraggio i piccoli e i grandi
sacrifici che la vita cristiana, vissuta nella fedeltà
alle parole e agli esempi di Gesù, normalmente comporta.
I martiri sono gli imitatori più autentici di Gesù
nella sua passione e nella sua morte. Ecco perché la Chiesa
ha sempre visto in essi i più veri discepoli di Gesù,
ne ha onorato la memoria e in ogni tempo li ha proposti ai cristiani
come modelli da imitare.
Nel cammino della storia, assai spesso oscuro per la Chiesa, i
martiri sono la grande luce che meglio riflette Colui verso il
quale essa "prosegue il suo pellegrinaggio tra le persecuzioni
del mondo e le consolazioni di Dio" ( Lumen Gentium,n.8),
il Signore nostro Gesù Cristo.
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