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| Em. Cardenal Pedro Rubiano Sáenz |
Conferencia Episcopal de Colombia LXXIX Asamblea Plenaria |
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Bogotá, D.C., 4 al 8 de julio de 2005
1. SALUDO
Al iniciar en el nombre del Señor la Septuagésima Novena Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal de Colombia, saludo con afecto fraternal al Excelentísimo Señor Nuncio Apostólico Monseñor Beniamino Stella y le agradezco su cercanía, su apoyo y colaboración con el Episcopado.
Mi cordial saludo a los Señores Arzobispos y Obispos, su participación y su compromiso, hacen posible el servicio de la Conferencia Episcopal a las Jurisdicciones Eclesiásticas y fortalecen la unidad y la comunión eclesial.
Agradezco la presencia de los invitados especiales que nos honran y testimonian su afecto y cercanía con nuestra Conferencia Episcopal. Nuestro saludo fraternal, que conlleva la felicitación del Episcopado Colombiano al Consejo Episcopal Latinoamericano CELAM, en este año cuando se han celebrado en Lima, los Cincuenta Años de su servicio a la Iglesia en América Latina, el Caribe y las Antillas; de igual manera expresamos nuestro afecto y comunión en el Señor a los miembros de la Junta Directiva de la C.R.C.
Damos la más cordial bienvenida a los representantes de los distintos medios de comunicación, agradecemos su dedicación para hacer llegar al país el fruto de nuestro trabajo y valoramos la responsabilidad que comporta su servicio al bien común ante el impacto que los medios tienen en la mentalidad y la conciencia de las personas y la formación de la opinión pública.
La Iglesia vivió en este Año de la Eucaristía dos acontecimientos de amplia y extraordinaria repercusión en el mundo: la muerte del Papa Juan Pablo II, el sábado 2 de abril y el 19 del mismo mes, la elección de Benedicto XVI como nuevo Pontífice de la Iglesia.
2. EL PAPA JUAN PABLO II
El Papa Juan Pablo II, en sus más de 26 años de Pontificado, nos dejó un legado pastoral y doctrinal en sus Encíclicas, mensajes, exhortaciones y en el testimonio de su vida coherente con lo que predicó sobre la dignidad de la persona humana, el derecho a la vida, el valor de la verdad, la justicia y la libertad.
Condenó la violencia, la guerra, el secuestro, la discriminación. Proclamó el respeto a toda vida humana, la civilización del amor, la solidaridad y el compromiso real en el ejercicio de la caridad (Cf. Mensaje C.E.C., febrero, 2005).
El año pasado, con ocasión de la Visita ad Limina, nos reiteró el afecto y el aprecio que siempre sintió por nuestro país. “Recuerdo, dijo, aquella visita que pude realizar en 1986, teniendo como lema: «Con la paz de Cristo por los caminos de Colombia». Fueron días entrañables, llenos de actividad, en los que pude ver directamente los rostros esperanzados de los colombianos, apreciar la acción que la Iglesia lleva a cabo con tanto entusiasmo, dirigir a todos una palabra de aliento y recordarles el inefable amor de Dios por cada uno” (Junio 17/2004).
Nos advirtió su preocupación sobre el incremento en Colombia del deterioro moral. «Se presenta de muy diversas formas y afecta los más variados ámbitos de la vida personal, familiar y social, socavando la importancia intrínseca de una conducta moralmente recta y poniendo en serio peligro la autenticidad misma de la fe “que suscita y exige un compromiso coherente de vida”» (Sep. 30/2004).
A nosotros, Obispos, nos pidió ser “maestros de la Verdad, modelos de Santidad y testigos de Esperanza para los jóvenes y los pobres, abriendo para ellos caminos de liberación auténtica” (Bogotá 1986).
El mundo expresó el pesar por su muerte con conmovedoras escenas de afecto y reconocimiento, que llegaron hasta proclamarlo el Papa Grande, el Papa Santo.
Al iniciar esta LXXIX Asamblea Plenaria del Episcopado evocamos su recuerdo y agradecemos a Dios el regalo de su fecundo pontificado y en la oración le encomendamos también nuestros trabajos. Estamos seguros de que él nos bendice desde la ventana de la casa del Padre, como lo afirmó el Cardenal Ratzinger en su homilía en la misa exequial por el Papa Juan Pablo II.
3. EL PAPA BENEDICTO XVI
Los días que precedieron a la reunión del Cónclave para la elección del nuevo Pontífice, fueron días de controversia y mala prensa. Hoy, al mirar hacia atrás, tenemos que lamentar la falta de objetividad, superficialidad y ligereza con las que muchos de nuestros comunicadores aquí, hicieron eco a las más infundadas prevenciones y críticas.
Olvidaron que la Iglesia de Jesucristo es un misterio, objeto de fe: “Creo en la Iglesia que es Una, Santa, Católica y Apostólica” y que al igual que los vitrales de los templos, la Iglesia es vista y entendida desde dentro, no desde fuera.
Las palabras del Papa Benedicto XVI en sus primeras homilías afirman la fe y la confianza y nos indican lo que será su Pontificado.
“Quiero proseguir preocupado únicamente de proclamar al mundo entero la presencia viva de Cristo”. “Me dispongo a emprender este ministerio al servicio de la Iglesia con humilde abandono en las manos de la Providencia de Dios”.
El Papa Benedicto XVI evoca el ideal de una Iglesia más valiente, más libre y más joven. Una Iglesia que mire con serenidad al pasado y no tenga miedo del futuro. Por eso ha reafirmado, con fuerza, la voluntad decidida de proseguir el compromiso de la aplicación del Concilio Vaticano II y trabajar sin ahorrar energías para seguir animando el diálogo ecuménico y así, avanzar en la construcción de la unidad plena y visible de todos los que creemos en Cristo, Hijo de Dios y Nuestro Redentor.
Ha afirmado el Papa Benedicto XVI que el diálogo es necesario, que urge la purificación de la memoria y que está plenamente decidido a cultivar todas las iniciativas que puedan ser oportunas para promover los contactos y el entendimiento con los representantes de las diversas Iglesias y sus comunidades.
“No ahorraré esfuerzos y sacrificios para proseguir el diálogo iniciado por mis venerados predecesores, con las diversas civilizaciones, para que de la comprensión recíproca nazcan las condiciones para un futuro mejor para todos”.
Impresiona la sensibilidad social del Pastor, angustiado por el desierto material y espiritual en que vive un inmenso porcentaje de la humanidad: el desierto de la pobreza, del hambre y de la sed, el desierto del abandono, de la soledad y del amor quebrantado. Pero también el desierto, el vacío de las almas que al alejarse de Dios ya no tienen conciencia de la dignidad y de la vocación del hombre.
Como Conferencia Episcopal estaremos atentos y dispuestos para caminar al ritmo que nos indique el Santo Padre. Y estaremos unidos en la oración para que el Espíritu Santo, con sus Dones de Sabiduría y de Consejo, ilumine la mente y el corazón de aquel que escogió para conducir la Iglesia como sucesor de San Pedro.
4. COMPROMISO Y MISIÓN DE LA IGLESIA
La Iglesia sabe muy bien que su misión y principal compromiso es el anuncio de la Buena Nueva del Evangelio, hacer discípulos y enseñarles a observar todo lo que el Señor nos ha mandado (Mt. 28, 19-20).
En cumplimiento de esta misión, nos corresponde escudriñar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, a fin de responder con fidelidad al Señor en las situaciones y hechos de vida de la comunidad cristiana.
Nos preocupa la disminución y abandono de la práctica religiosa. Siendo la Eucaristía misterio central de nuestra fe, cumbre y fuente de la vida cristiana, hemos acogido con entusiasmo la decisión del Papa Juan Pablo II de declarar el año 2005 AÑO DE LA EUCARISTÍA y convocar la XI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos para octubre de este año, Sínodo que estará centrado también en la Eucaristía.
En la línea de las indicaciones y normas divulgadas en los documentos de la Santa Sede, queremos insistir en la necesidad de dar al Culto Eucarístico, la prioridad y centralidad que tiene e incentivar en los fieles la celebración del Domingo, día por excelencia del Señor y cuyo centro tiene que ser la asistencia y participación en la Misa dominical (1).
El Papa Benedicto XVI ha expresado también, su decisión de convocar la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, que se realizará en el primer semestre del año 2007 y tendrá como tema El Discipulado.
Nueva Evangelización, Eucaristía y Discipulado constituyen el trípode sobre el que se funda la Iglesia y un programa inagotable de acción pastoral.
5. PASTORAL DE LA PAZ
La Iglesia, a través de organismos como la Comisión de Conciliación Nacional, la Comisión ampliada de Paz, la Sección de Vida Justicia y Paz y sus correspondientes en las Jurisdicciones del País, ha trabajado y seguirá empeñada en la consecución de la paz, motivada no tanto por los resultados obtenidos, sino por la convicción de que la paz es parte importante de su misión.
Durante los últimos años, la sociedad colombiana ha sufrido hechos de violencia y de muerte muy dolorosos: atentados terroristas, masacres, secuestros, desplazamientos masivos. Todos estos hechos llevan a nuestro pueblo a experimentar sentimientos de frustración y desilusión.
Es importante, reconocer los esfuerzos realizados por el Gobierno y por el Congreso para darle un marco jurídico a los procesos de reincorporación de los miembros de grupos armados al margen de la ley, que favorezca la superación del conflicto y el logro de una paz duradera.
Un reconocimiento especial hacemos a los Señores Obispos que han sacrificado parte de su tiempo y de su tranquilidad personal para buscar acercamientos y diálogos como los que han hecho posible el desarme y la desmovilización de grupos de las AUC. Nos sigue alentando la esperanza de poder prestar este servicio con otros grupos al margen de la ley.
Reiteramos a los grupos alzados en armas nuestra solicitud, que es la solicitud del pueblo colombiano, para que liberen de inmediato y sin condiciones a todas las personas secuestradas, respeten el derecho a la vida, a la integridad personal y a la libertad individual de todos los civiles.
Abogamos porque en los procesos de negociación y en la aplicación de la ley de justicia y paz, se tenga en cuenta la reparación a las víctimas que han experimentado en su propia carne el vía crucis de la confrontación y de la guerra.
La Iglesia invita a todos a hacer una opción irrenunciable por la vida, por la paz y por la reconciliación. En este contexto le apostamos a una Colombia en paz desde un trabajo colectivo para la celebración del bicentenario del grito de la independencia.
Los colombianos debemos hacer el esfuerzo de mirar el pasado de violencia y de muerte con una visión que nos permita, con base en esas experiencias sufridas, entender que el odio produce destrucción y el perdón sustituye la sed de venganza (Jornada de la Paz, 1997).
Para recoger frutos, primero hay que sembrar. Los esfuerzos que hoy se hacen por parte del Gobierno, del Parlamento Colombiano y de muchas otras personas e instituciones para fijar los términos de un proceso de Verdad, Justicia y Reparación, evitarán situaciones traumáticas en el futuro inmediato y allanarán el camino hacia el post-conflicto.
6. SITUACIÓN SOCIO-POLÍTICA
Como Pastores, no podemos pasar por alto otras situaciones que contribuyen a hacer más difícil la situación del País, como el empobrecimiento, el desempleo, la corrupción, la suerte de los secuestrados. Nos duele el hecho de que mientras el pueblo se siente afligido por todos estos males, nuestra dirigencia política se ha ido reencontrando con los viejos vicios y con el discurso sectario que causó tanto daño en tiempos no muy lejanos.
A este propósito, es oportuno recordar que el objeto de la política es el bien común, el bien de la Nación, y cuando se olvida este principio, se cae en la tentación de anteponer al bien superior del País, los intereses personales y de partido. Por este camino se reviven los odios y la división, se siembra la desconfianza y la desesperanza.
El Papa Juan Pablo II fue muy claro al afirmar que, una política para la persona y para la sociedad encuentra su rumbo constante de camino en la defensa y promoción de la justicia; en el espíritu de servicio que supera las tentaciones de la deslealtad, la mentira, el uso de medios equívocos o ilícitos para conquistar, mantener y aumentar el poder a cualquier precio” y recuerda también que el fruto de la actividad política solidaria es la paz (cf. Ch.F.l. 42).
A la luz de estos principios, sentimos el deber de reclamar a nuestros parlamentarios y dirigentes políticos, una mayor mesura en sus palabras, menos intereses creados en sus aspiraciones y más sintonía con el pueblo, que al elegirlos, les confió su representación en los distintos escenarios del poder ejecutivo, legislativo y órganos de control, para que busquen la justicia social.
7. VIDA Y DIGNIDAD DEL SER HUMANO
Apoyada en la revelación bíblica, la Iglesia Católica ha proclamado siempre la inviolable dignidad de todo ser humano, desde su concepción hasta la muerte natural. De igual manera la Conferencia Episcopal ha hecho un permanente eco a la Carta Política que rige los destinos de nuestro país cuando determina en el artículo 11: «El derecho a la vida es inviolable. No habrá pena de muerte». «Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, descubre con la luz de la razón, el valor sagrado de la vida. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política» (Mensaje del Presidente de la Conferencia Episcopal, mayo 24 de 2005). Todo atentado contra la vida humana es también un atentado contra la justicia y es una grave ofensa a Dios, Señor de la vida.
En el escenario de la historia es indiscutible el importante desempeño que ha tenido la mujer, con su dignidad, como persona humana y con su intuición femenina. Hemos sido testigos de un valioso resurgimiento y reconocimiento que la sociedad ha dado a la mujer y a su actuar en el mundo. Sin embargo, como todo proceso histórico, este reconocimiento está acompañado de serias contradicciones que mantienen a algunas mujeres en situación de discriminación y sometimiento.
La Conferencia Episcopal, fiel a la misión de anunciar el Evangelio de la vida y profundamente preocupada por las múltiples manifestaciones de la violencia y del ambiente de muerte, expresa nuevamente su compromiso de convocar a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, para que asumamos con valentía la defensa de toda vida humana. Por consiguiente, seguimos invitando al Gobierno Nacional, a los Legisladores y Magistrados para que tomen decisiones que promuevan la cultura de la vida humana. Queremos denunciar la conjura internacional contra la vida y la integridad de la familia, expresada en nuestro país, con las dos demandas ante la Corte Constitucional para la despenalización total del aborto y con la aprobación del Protocolo Facultativo de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW) por parte del Congreso de la República.
El Comité del CEDAW lo representan 23 expertas de diversos países, que interpretan el cumplimiento de la Convención y atienden las demandas que se les presentan. Los países que han aprobado el Protocolo Facultativo pueden ser sancionados por este Comité, pasando sobre el ordenamiento jurídico del país, si se han vulnerado los derechos de la mujer contemplados en la Convención.
Nos duele la soberanía nacional que se siente vulnerada, cuando se desconocen nuestros propios valores culturales y se imponen patrones que atentan contra la integridad de la familia y contra la dignidad de los seres humanos, especialmente los no nacidos.
Aprovecho la ocasión para expresar el reconocimiento y el agradecimiento al numeroso grupo de ciudadanos laicos por su generoso y audaz compromiso en liderar las acciones ciudadanas en contra de la despenalización total del aborto. Es bien significativo para el país y para el mundo el hecho sin precedentes de un total aproximado de dos millones de firmas, además de otras acciones jurídicas a favor de la vida humana.
El próximo sábado, 9 de julio, fiesta de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, Patrona de Colombia, los Obispos peregrinaremos a su Santuario junto con los fieles que quieran unirse a nosotros, para pedir, por intermedio de Ella el respeto a la vida y el don de la paz.
En ambiente de fraternidad episcopal y reunidos como los apóstoles en oración con María, la Madre del Señor, iniciamos esta Asamblea Plenaria.
+ Pedro Rubiano Sáenz
Cardenal Arzobispo de Bogotá
Presidente de la Conferencia Episcopal |
| Em. Cardenal Pedro Rubiano Sáenz (2005-07-06) |
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