A los Presidentes de las
Conferencias Episcopales, a los Obispos encargados de la Pastoral
de la Salud en las Conferencias Episcopales y a todo el Pueblo
de Dios
(versione in Italiano
- Español - English
)
Queridos hermanos:
1 Desde hace algunos años, el 1º de diciembre celebramos
la Jornada Mundial del SIDA. Con esta ocasión, en mi calidad
de Presidente del Pontificio Consejo para la Pastoral de la Salud,
también este año deseo dirigir un Mensaje de cercanía
y animación de la Iglesia a los que luchan contra esta
pandemia devastadora, a los que asisten y curan a los enfermos
de VIH/SIDA y a estos últimos que experimentan en primera
persona el misterio del sufrimiento humano. La Organización
de las Naciones Unidas para el programa sobre el SIDA (UNAIDS),
esta vez ha dedicado la jornada a las mujeres, a las jóvenes
y al VIH/SIDA, debido a su mayor vulnerabilidad para contraer
el virus del VIH/SIDA, con respecto a los hombres; en efecto,
un estudio ha puesto en evidencia que las mujeres son contagiadas
2,5 veces más que los hombres.
2 Comparto la preocupación de la comunidad internacional
frente al cuadro dramático de las consecuencias de la epidemia
sobre la salud, las condiciones de vida, las perspectivas, el
estado y la dignidad de las mujeres y de las jóvenes en
muchas regiones del mundo. De hecho, el impacto del VIH/SIDA en
las mujeres acrecienta la desigualdad e impide el progreso hacia
la universalidad de los derechos. Además, cuanto mayor
es el progreso del contagio en las mujeres, que son el fundamento
de las familias y de las comunidades, más aumenta el riesgo
de un derrumbe social. Desde siempre la Iglesia defiende con especial
vigor la mujer y su elevada dignidad y lucha para combatir las
discriminaciones que, incluso hoy, permanecen en amplios sectores
de nuestra sociedad, y solicita mayores esfuerzos para eliminar
las desigualdades contra las mujeres en ámbitos como la
educación, la tutela de la salud y el trabajo.
3 El VIH/SIDA es una de las epidemias más asoladoras de
nuestros tiempos; es un drama humano que, por su gravedad y amplitud,
constituye uno de los mayores retos sanitarios a nivel mundial.
Los datos que proporciona el Informe de las Naciones Unidas “The
impact of Aids” del 2004 hablan claramente que desde el
momento de la aparición de esta epidemia (hacia los años
80), más de 22 millones de personas han muerto en el mundo
por SIDA y en la actualidad 42 millones de personas viven con
el VIH/SIDA. En el año 2003 han muerto 2,9 millones de
personas por SIDA y 4,8 millones han sido infectadas por el VIH.
El SIDA es la causa principal de la muerte en las personas de
edad comprendida entre 15 y 49 años. En muchos países,
especialmente en Africa y en los países más afectados
como Botswana, Swazilandia y Zimbabwe, la epidemia del SIDA se
ha propagado en forma muy veloz provocando enfermedad, muerte,
pobreza y dolor. En la actualidad, esta pandemia está afectando
duramente a los países con elevado número de habitantes
como China e India. Se prevé que hasta el 2025 el SIDA
causará la muerte de 31 millones de personas en India y
18 millones en China.
4 Es dramática la situación de los niños.
Según el Informe 2004 de UNICEF, UNAIDS y USAID “Children
on the brink”, entre el 2001 y el 2003, el número
global de niños que se han quedado huérfanos por
el SIDA ha crecido de 11,5 a 15 millones, en su mayoría
en Africa. Se calcula que dentro del 2010, en el Africa sub-Sahariana
habrán 18,4 millones de huérfanos por el VIH/SIDA.
Sólo en el 2003 esta epidemia ha causado 5,2 millones de
niños huérfanos. Además, su creciente número
está cambiando, sobre todo en Africa, el sistema tradicional
de acogida a los huérfanos en las familias porque, siendo
pobres, tienen dificultad para encargarse de estos niños.
5 En numerosas ocasiones el Santo Padre Juan Pablo II se ha ocupado
del problema y nos ha proporcionado claras orientaciones que muestran
la naturaleza de la enfermedad, su prevención, el comportamiento
del enfermo y de quien lo asiste, así como el papel que
deben tener las Autoridades civiles y los hombres de ciencia.
Subrayo su pensamiento en lo que se refiere a la inmunodeficiencia
de valores morales y espirituales y lo relacionado con el seguimiento
al enfermo de SIDA, a quien se le debe brindar toda atención
y servicios por ser el más necesitado. En particular, en
su mensaje por la Jornada Mundial del Enfermo para el 2005 (nn.
3-4) subraya que el drama del SIDA se presenta como una “patología
del espíritu” y que para combatirla de manera responsable,
es preciso aumentar la prevención mediante la educación
al valor sagrado de la vida y la formación a la práctica
correcta de la sexualidad.
6 Es necesario alejar el estigma que a menudo la sociedad hace
pesar sobre el enfermo de SIDA. Para disipar los prejuicios de
los que temen acercarse a los enfermos de SIDA para evitar el
contagio, deseamos recordar que el SIDA se transmite sólo
a través de la triple vía de la sangre, de la transmisión
materno-infantil y por contacto sexual. Para eliminarlas, debemos
combatirlas eficazmente. En lo que respecta el contacto sexual,
recordamos que hay que eliminar el contagio mediante una conducta
responsable y la observancia de la castidad. Refiriéndose
al Sínodo para Africa de 1994, el Papa subraya una recomendación
formulada por los varios obispos participantes: “Debemos
presentar continuamente a los fieles, sobre todo a los jóvenes,
el afecto, el gozo, la felicidad y la paz que procura el matrimonio
cristiano y la fidelidad, así como la seguridad proporcionada
por la castidad”.
7 Como respuesta a la fuerte llamada del Santo Padre, desde la
aparición del terrible flagelo la Iglesia católica
siempre ha dado su aporte tanto para prevenir la transmisión
del virus VIH como en la asistencia a los enfermos y a sus familias
en el plano médico-asistencial, social, espiritual y pastoral.
Actualmente el 26,7% de los centros para el tratamiento del VIH/SIDA
en el mundo son católicos. Numerosos son los proyectos
y programas de formación, prevención del SIDA y
de asistencia, curación y seguimiento pastoral del enfermo
de VIH/SIDA, que las iglesias locales, los institutos religiosos
y las asociaciones laicales llevan adelante con amor, sentido
de responsabilidad y espíritu de caridad. Junto a este
inestimable y loable compromiso, el Pontificio Consejo para la
Pastoral de la Salud ha acogido la petición del Santo Padre
Juan Pablo II que, dirigiéndose a los Obispos de las Conferencias
Episcopales de América, Australia y Europa, pide que se
unan a los pastores de Africa para afrontar eficazmente la emergencia
del SIDA.
8 Para mayor eficacia en la lucha contra el VIH/SIDA, deseo proponer
una vez más algunas pautas de acción que indiqué
en mi discurso con ocasión de la XXVI Sesión Especial
de la Asamblea General VIH/SIDA de la ONU (New York 2001):
- Apoyar los planes globales mundiales para combatir el VIH/SIDA;
- Incrementar la educación escolar y la catequesis a los
valores de la vida y del sexo;
- Eliminar toda forma de discriminación ante los enfermos
de HIV/AIDS;
- Informar adecuadamente sobre esta pandemia;
- Invitar a los Gobiernos a crear condiciones adecuadas para combatir
este flagelo;
- Favorecer una mayor participación de la sociedad civil
en la lucha contra el SIDA;
- Solicitar a los países industrializados que, evitando
toda forma de colonialismo, ayuden a los países que tienen
necesidad en esta campaña contra el SIDA;
- Reducir a lo mínimo el precio de los medicamentos antiretrovirales
necesarios para curar a los enfermos de VIH/SIDA;
- Intensificar las campañas de información para
evitar la transmisión materno-infantil del virus;
- Ofrecer una mayor atención al cuidado de los niños
seropositivos y a la protección de los huérfanos
causados por el SIDA;
- Dirigir mayor atención a los grupos sociales más
vulnerables.
9. Quisiera terminar con la plegaria, de particular significado
en esta oportunidad, que el Santo Padre Juan Pablo II ha dedicado
con ocasión de la Jornada Mundial del Enfermo 2005, a todos
los que viven el sufrimiento y ven en el hombre que sufre el Rostro
de Cristo. Les invito, queridos hermanos y hermanas a hacerla
vuestra.
“María, Virgen Inmaculada,
Mujer del dolor y de la esperanza,
sé benigna con toda persona que sufre
y obtén a cada uno la plenitud de vida.
Dirige tu mirada materna
especialmente hacia los que en Africa
se encuentran más necesitados,
al estar afectados por el SIDA
o por alguna otra enfermedad mortal.
Mira a las madres que lloran por sus hijos;
mira a los abuelos que carecen
de suficientes recursos
para sostener a sus nietos
que han quedado huérfanos.
Abraza a todos con tu corazón de Madre.
Reina de Africa y del mundo entero,
Virgen santísima, ruega por nosotros.”
+ Javier Cardenal Lozano Barragán
Presidente del Pontificio Consejo
para la Pastoral de la Salud |